Un día en un centro de vacunación

En un principio, la llegada de las vacunas contra el coronavirus sonaba irreal, pero -en la actualidad- gran parte de la población chilena mayor de 50 años ya cuenta con su segunda dosis. Algo que en su momento era impensado, pero que lentamente se transforma en un pase de vuelta a la normalidad. No obstante, ¿cuál es la historia de quienes han vivido este proceso?

Como cada mañana de verano, le puso la correa a su perro, tomó sus llaves y salió a caminar. La pandemia nunca la detuvo de los paseos matutinos con su mascota para ejercitarse, siempre respetando las medidas sanitarias y cuidando la distancia entre las pocas personas que circulan a esa hora.

Llegó al Cesfam Bicentenario de Talca y se dio cuenta de algo distinto, había un cartel con letras grandes que decían: “Vacunación para mayores de 60 años». «¡Qué extraño!», pensó. Aún no le correspondía la primera dosis según el calendario que había anunciado el Gobierno, pero era una oportunidad que no podía desaprovechar, por lo que se propuso volver al día siguiente.

“Llegué antes de la hora de apertura y habían como cinco personas esperando (…) mostré mi carnet de identidad y pasé”, afirmó Nelly Herrera, matrona jubilada hace poco más de dos años, quien tenía la esperanza de inocularse lo antes posible.

“Estaba ansiosa. Preferí no mirar cuando me iban a inyectar y por suerte no sentí nada, ni me dolió. En un momento hasta llegué a pensar que me habían puesto agua bidestilada”, sostuvo.

A diferencia de algunas personas, la vacuna suele producir dolor de cabeza o malestar en el área donde fue aplicada. Créditos a Gavin Foo.

Pasaron las semanas y volvió al Cesfam para aplicarse la segunda dosis que, para su fortuna, no le generó mayores complicaciones al igual que la primera vez. Una historia muy diferente a la que contó Manuel Alburquenque, un hombre de 48 años con una patología renal en etapa cuatro diagnosticada el 2017. “No estaba nervioso, porque siempre me tengo que inyectar medicamentos y sacar sangre, pero nunca pensé que terminaría en el hospital”, declaró.

La vacuna que le ayudaría a no contraer el virus, se convirtió en un gran temor que, según él, podría haberle costado la vida. “Me sentía mal, tenía fiebre, no podía respirar (…) ya no quería ponerme la segunda dosis, pero mi doctora me convenció y lo bueno es que esa vez no estuvo tan terrible”, dijo Manuel.

Dos historias completamente distintas pero con un mismo desenlace: ambos disminuyeron el riesgo de experimentar complicaciones por la enfermedad.

Detrás del mesón

Suena el despertador, la alarma anuncia que empieza un nuevo día laboral. Bien lo sabe Carol Velázquez, matrona y actual personal de vacunación de la Escuela San Miguel de Talca. Antes de llegar, repasa todos los protocolos en su mente y desea que el día marche bien.

La primera regla es desinfectar todo el lugar, limpiar y ordenar las sillas, alistar el mesón y dejar todo en las mejores condiciones para recibir las vacunas, que son  trasladadas directamente del Cesfam Bicentenario.

“Nunca sabemos a qué hora las traerán. La gente que llega temprano tiene que esperar y algunos hasta se enojan, pero no podemos hacer nada más que decirles que vienen en camino”, aseguró Carol, quien lleva más de un mes cumpliendo esta labor.

Un trabajo de lunes a viernes que -por norma general- debe empezar a las nueve y terminar a las cuatro de la tarde, sin embargo, la situación es bastante irregular, puesto que la afluencia de personas es distinta cada día. “Si me preguntan, ¿alguna vez he salido a esa hora? No, siempre te vas después. Por lo mismo es que no tenemos un horario de colación exacto, porque todo depende de los pacientes”, confesó.

Las vacunas que llegan al centro de vacunación son las Sinovac y Pfizer. Fotografía de Deseret News.

Esa es la realidad que vive día a día junto a su compañera con quien, entre las dos, hacen todo lo posible para administrar casi 300 dosis diarias y sacar la jornada adelante. Según la matrona “es muy agotador, pero también gratificante. Cuando tuve que inyectar la segunda dosis a los adultos mayores sentía que les entregaba un pasaporte para tener unos años más de vida”. Una sensación que para ella es impagable y que está dispuesta a continuar hasta que la emergencia sanitaria lo requiera.

¿Vale la pena el esfuerzo?

Siete millones y medio de personas se han vacunado contra el coronavirus según el Ministerio de Salud. Un plan que inició a finales del año pasado y que -hasta la fecha- cada vez integra a más personas. Es así como Chile se convirtió en el principal país de Latinoamérica con mayor rapidez y porcentaje de personas inoculadas, pero que -a pesar de tener unas cifras envidiables- aún no logra controlar el mayor peak de contagios producto de la segunda ola.

Varias situaciones pueden tener incidencia en esto, entre ellas se encuentra la inestabilidad de restricciones y movilidad durante las vacaciones de verano; la desinformación respecto a la finalidad de las vacunas, puesto que se creía que traería inmunidad total, entre otras. Sin embargo, pese a todo, es fundamental que las personas se la apliquen y sean responsables para disminuir la propagación del virus.

Hay un desgaste por parte de todos, en especial por el personal de salud, por lo que debemos tener empatía y respetar las medidas sanitarias para terminar con la pandemia.

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