Congestión vehicular en Chile: un problema que genera estrés y conflictos en las calles

El crecimiento de las ciudades, la mayor circulación de vehículos y diversos factores ligados a la infraestructura y la planificación urbana producen una congestión que agita los nervios de automovilistas, trabajadores del transporte público y usuarios que deben movilizarse por distintas vías durante todos los días del año.

Los traslados y la circulación de gentío es un tema clave en una sociedad donde los trabajos, centros de estudio, hospitales y todos los lugares concurridos quedan a distancias considerables. La existencia de los medios de transporte ayuda a las personas a llegar a sus destinos, en sistemas que pueden ser eficientes o ineficientes según las circunstancias. Un factor que se ha hecho cada vez más presente es la congestión vehicular, gracias a la gran cantidad de automóviles particulares que hay actualmente. Según datos aportados por La Tercera, hoy tenemos cerca de 5,5 millones de autos en el país y la tasa de motorización alcanza los 270 vehículos cada 100 habitantes, lo que significa un promedio de 3,7 pasajeros por automóvil.

Planeamiento urbanístico en las ciudades chilenas

La planificación urbana de las comunas más grandes debe ser apta para resistir la aglomeración automovilística, además de contar con un servicio de traslado público óptimo que sea rápido y expedito para la comunidad. Bárbara Andaur, arquitecta de Chillán, menciona que “la mayoría de las metrópolis no están preparadas para albergar un alto tráfico, debido a que estas crecen hacia la periferia de los centros urbanos y los desplazamientos son cada vez más extensos. Muchas veces no se cuenta con vialidades estructurantes que cumplan con los estándares requeridos”. La falta de preparación descrita por la profesional se ve reflejada en el ritmo de vida de lugares como Santiago, Concepción o Valparaíso. Sumado a esto, señala que “en los últimos años se ha incrementado el parque automotriz, lo cual ha desencadenado en contratiempos de obstrucción, contaminación y seguridad vial”.

Las dificultades de movilización se deben, en gran parte, a la estructura y funcionalidad del sistema público de movilización. Según la arquitecta, la locomoción colectiva “no da respuesta a la necesidad de la población, ya que deben hacer combinaciones o pagar más de un servicio por el mismo recorrido”. Además, hay otros puntos clave para comprender el tema de fondo, tales como: la poca oferta de ciclovías, la falta de espacios para optar por alternativas sostenibles o hacer rutas caminando. La dependencia de acudir al centro para la obtención de servicios o gestión de trámites centraliza los destinos de los lugareños hacia sectores demasiado concurridos.

El atochamiento ha sido un fenómeno que ha afectado tanto a las capitales regionales del país como a comunas más pequeñas. Juana Arévalo es conductora de colectivos en Lebu, capital de la Provincia de Arauco que está viviendo el mismo fenómeno durante el último tiempo. “Considero que la comuna no estaba lista para la congestión que se vive ahora, la que se nota en horarios específicos por las calles céntricas. Antiguamente, tener un auto era mucho más difícil y para las nuevas generaciones es una adquisición necesaria”, comenta. El tránsito en una comuna de 25.000 habitantes no es comparable al de una urbe grande, pero el universo vehicular de hoy es el mayor que se ha visto en el territorio.

Añadido a esto, se acusa que, en algunas urbes de menos tamaño, como es el caso de Lebu, este aumento no ha ido de la mano con la instalación de más semáforos, lo que ayudaría a generar un mayor orden en la circulación.

Un estudio de la compañía holandesa TomTom posicionó a Santiago como la segunda ciudad con más tráfico en Sudamérica. Fotografía cortesía de Novuschile.

Estrés al volante

Las aceleradas rutinas de cada individuo hacen que el estancamiento de autos atrase cada una de sus actividades y, muchas veces, provoca malestares. Tanto los trabajadores del área pública como los vehículos particulares deben lidiar con enormes “tacos”, imprudencias de otros individuos manejando y distintas conductas que producen tensión. Juana Arévalo visualiza esto a diario en su trabajo como colectivera y menciona que “hay veces que se nota la molestia y algunas reacciones son muy eufóricas para tramos que no son tan largos”. Además, cree que es necesario tener paciencia y empatía para llevar la situación con tranquilidad, respetando los tiempos de cada persona y haciendo un esfuerzo por ponerse en el lugar de los demás.

Una de las grandes consecuencias del incremento en el uso de automóviles es en la salud mental de las personas, lo que también es observado por profesionales. Rodrigo Parra es psicólogo y explica que “la larga exposición a este problema genera impotencia por no poder controlarlo, provocando ira e incluso agresividad hacia terceros. Esto se relaciona negativamente con el bienestar emocional, haciendo que el enojo se mantenga luego de haber conducido”. En consecuencia, añade que “estudios recientes evidencian que el estrés provocado por esto aumenta la incidencia de violencia doméstica”.

El profesional de la salud cree que estos episodios estresantes pueden controlarse usando aplicaciones como Waze o Google Maps, que permiten elegir rutas alternativas y conocer los niveles de atochamiento. Para Rodrigo, una buena forma de reducir estos síntomas es “usar técnicas de relajación progresiva u optar por terapia de apoyo que apunte al control de las emociones”. En busca de tener mayor preparación para la problemática, el psicólogo propone que “un entrenamiento socioemocional en niños y jóvenes entregaría herramientas para resolver este u otros desacuerdos en la vida adulta”.

En Chile se han dado múltiples episodios de conflictos entre conductores, que han terminado con heridos de gravedad e incluso muertes. Imagen por Gossip Vehículo.

Víctor Román Durán lleva más de 20 años trabajando en locomoción pública, laburó en Santiago y hoy ejerce como colectivero en Los Ángeles. El avance de las décadas le ha hecho notar las abismantes diferencias en los tipos de choferes actuales y los de antaño. “La agresividad ha ido creciendo y es algo que se empezó a ver con el paso del tiempo, a cada rato y en cada calle hay uno que anda apurado. En las capitales regionales es así, acá los angelinos se están poniendo igual y en un tiempo más va a ser peor”, señala.

Estamos viviendo una época de rapidez, donde la productividad rige las metas y objetivos diarios. A raíz de lo mismo, el tiempo es un bien valioso y los inconvenientes en el tránsito son un obstáculo que puede desencadenar en un cúmulo de sentimientos reprimidos. Víctor también se refirió a esto: “yo lo relaciono con que la gente tiene una preocupación constante por dificultades económicas o la rutina, todo esto se acumula y se expresa como nerviosismo y tensión al volante”, señala.

Ante las necesidades de la modernidad, y el uso masificado de vehículos motorizados, se debe generar también un cambio o mejora en la formación de los choferes para prevenir sucesos relacionados a agresiones. Para esto es fundamental la educación vial, es decir, la enseñanza que proviene de elementos como el Manual del Nuevo Conductor o las escuelas de manejo. En el caso del primero, este incluye en sus páginas la importancia de características como la madurez emocional para una buena conducción, sumado a ciertas conductas como el respeto, la paciencia y tolerancia ante las imprudencias de otro.

En relación con el segundo punto, José Molina, quien ejerce como profesor de teoría en la Escuela de Conductores “MyD”, indica que como institución procuran inculcar los valores necesarios para evitar que se ejerza violencia automovilística, sin embargo, muchas veces son los alumnos en aprendizaje quienes la reciben. “Los alumnos se ven a diario presionados por los automovilistas, que demandan rapidez y no comprenden que están aprendiendo. En todo momento se ven acciones de riesgo, donde se busca adelantar, sobrepasar al límite los semáforos y otras imprudencias. Hay mucha prepotencia por parte de los otros a raíz de la poca fluidez en las vías” indica el instructor.

Ahora bien, considerando que es imposible que todos hayan leído el manual o hecho un curso para aprender a conducir, es probable que muchos de ellos desconozcan o simplemente desobedezcan estas recomendaciones. En estos casos los impulsos se transforman en pugnas con más de un involucrado y que pueden terminar en situaciones lamentables. Nadie está protegido de agresiones a su vehículo o a su integridad física, generando una sensación de miedo y desprotección ante la posible reacción de un tercero sobre cuatro ruedas, las que fácilmente pueden usarse como arma. Molina considera como opción establecer un filtro que considere las características de la personalidad del individuo.

 “Habría que hacer una evaluación respecto de la personalidad, una prueba de impulso quizás, y que quien no lo pase no obtenga la licencia”, agrega.

 Esto con el fin de identificar posibles violentistas que sean muy propensos a reaccionar de forma agresiva. Por otro lado, indica la importancia de una concientización general respecto al estado de las urbes, “tiene que haber una campaña muy importante en los medios, donde llamen a las personas a tener paciencia con la situación que se presenta hoy, porque aumentó mucho el parque automotriz y las calles están igual que cuando este estaba en un 40% menos, es decir, siguen en el mismo ancho”. En relación con esto, también agrega la relevancia de seguir ciertas recomendaciones, tales como: asistir con tiempo a todas partes, no acudir en auto particular al centro de la ciudad y considerar que cualquiera puede cometer errores.

La restricción vehicular de catalíticos es una medida aplicada para disminuir el problema en cuestión. Fotografía de ChileSustentable.

A modo de cierre, los numerosos incidentes que se reportan a diario son una clara señal de un vacío que debe ser normado y tratado con la seriedad correspondiente. Los mismos recursos que se utilizan para la reconstrucción de infraestructura y salud luego de un accidente podrían utilizarse como prevención, manteniendo un enfoque que entregue relevancia al estado psicológico y emocional de los sujetos, como un factor primordial al momento de evitar enfrentamientos y daños.  

Nuestra movilidad es un componente presente e intransferible, casi como una necesidad de supervivencia, por ende, la seguridad que tenemos como actores del tránsito debe ser normada considerando las características actuales del tráfico y la planificación urbana, y con ello, sus consecuencias. Si la era de la instantaneidad y el estrés nos visitan constantemente, nuestro deber como sociedad es saber convivir con ellos y el resto de la población de forma sana, manteniendo una interacción fluida que garantice el bienestar de los habitantes. Para ello, se deben poseer canales de prevención a través de campañas y asesorías o ayuda psicológica como canales de salida y tratamiento, así como protocolos de sanción que aseguren justicia y protección para los afectados. 

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