De la opinión al hecho

Las noticias falsas que circulan por las redes sociales no son el problema, sino las personas.

La semana antepasada, la cuenta en Twitter de Televisivamente publicó una fotografía de Mike Ehrmantraut y su nieta, ambos personajes de la serie de Netflix “Better Call Saul”. En el tweet, se decía que eran un abuelo que heredó el dinero de su jubilación, pero que el presidente Boric iba a eliminar esta práctica, llamando a “defender la patria” y depositar dinero.

Obviamente lo anterior era completamente falso y parte de una sátira, y cualquiera que ubicara a los personajes sabría inmediatamente que es un engaño. Sin embargo, eso no detuvo al batallón de cibernautas de Twitter para compartir información que claramente funcionaba para sus propios fines, desde cuentas opositoras reafirmando las falsedades de la publicación hasta quienes señalaban asertivamente que era una artimaña, pero las razones equivocadas, insinuando una motivación política.

Esto demuestra que la desinformación llega a tener una fácil difusión no solo por el sencillo manejo de las redes sociales, sino además por la implantación del sesgo de credibilidad entre quienes reciben esta basura, a tal punto en que la verdad llega a ser un simple punto de vista. Básicamente, lo que hoy llamamos “posverdad”.

El tweet falso escrito por Televisivamente como sátira.

Que las llamadas “Fake News” estén instaladas dentro de la sociedad no es una novedad. Lo problemático del asunto es que estas campañas de desinformación, algunas más malintencionadas que otras, repercuten en el debate público.

Cabe decir, claro está, que no existe un estudio científico que evidencie que las noticias falsas tengan implicancia en la intención de voto de una persona o en la participación de activismos de todo tipo. Aun así, resulta evidente que esta oleada de basura informática se distribuye rápidamente porque coincide con lo que creen las personas como correcto o erróneo.

Por ello, el principal problema de esta nueva “sociedad de redes” no es realmente la divulgación de noticias falsas, sino más bien la facilidad con la que el contenido llega a ser distribuido por un pensamiento combatible. De ser lo contrario, las “fake news” no pasarían más allá de la sátira o intentos frustrados de imponerse en el debate público. 

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