Cuando la inclusión se utiliza como lavado de imagen: el fenómeno del «tokenismo»

En pleno contexto de globalización, se ha extendido este fenómeno social, el que ha sido utilizado para incorporar la inclusión en grandes conglomerados de empresas del entretenimiento, industrias y comunicación. Una práctica duramente criticada por los grupos oprimidos a los que intenta representar, cuestionando que se trata de una percepción superficial del mundo.

“Hablar no es ser”, dice Eva Santos, una de las primeras directoras creativas de España. La expresión fue utilizada en un video que aparece entre las primeras tres búsquedas al poner “tokenismo”  en la web.

En ella, explica que es un concepto antiguamente utilizado, creado para ejemplificar un fenómeno que la globalización ha extendido. La palabra viene de token, que se entiende como un símbolo, casi objeto, que en sí mismo representa algo o a alguien.

Si bien es un concepto un tanto desconocido y no tan estudiado como se esperaría, su origen se remonta a la década de los 60 en Estados Unidos. Su creación se atribuye a Martin Luther King, quien ocupaba este término para denunciar a escuelas y empresas que se desligaban de ser racistas tan solo por contar con una cantidad mínima de estudiantes y trabajadores afrodescendientes.

La inclusión y la disminución de la brecha de oportunidades entre grupos humanos se han convertido, poco a poco, en parte de los objetivos primordiales para distintas comunidades y sociedades, las cuales se han comprometido con estas causas. 

Es debido a esto que se han producido nuevos fenómenos en relación a este tópico, tales como el surgimiento de nuevas organizaciones que trabajan y actúan en favor de los grupos sociales históricamente oprimidos. Lo que ha ocurrido paralelamente con la aparición del tokenismo.

El tokenismo ha sido cuestionado por grupos oprimidos por entenderse como una inclusión forzada, simbólica y superficial, que aboga por la mera apariencia de ser progresista en vez de ser una transformación estructural auténtica de las desigualdades.

Según el sociólogo Cristopher Murillo Hormazábal, en la actualidad esta práctica es comúnmente utilizada por empresas, ya que suelen contratar a personas pertenecientes a dichas poblaciones para jactarse de la inclusividad que tiene su personal. Sin embargo, como se mencionaba anteriormente, resulta ser una maniobra superficial más que inclusión real. 

Chile tampoco se mantiene exento de esta praxis. El año 2018 entró en vigencia la llamada Ley de Inclusión Laboral (Ley N*21.015), que obliga a las empresas que cuentan con más de 100 trabajadores a tener al menos un 1 % de personas con discapacidad en su equipo. 

Respecto a la normativa, Murillo plantea: “¿Es eso realmente la inclusión en el ancho de su palabra? Yo diría que no, debido a que solamente se enfoca en un tipo de discriminación asociada a términos patológicos o limitaciones físicas de una persona. Esto automáticamente deja fuera de lo que es inclusión a todo tipo de minorías oprimidas”.

Por ello, la conversación se ha ampliado, entrando en el debate personas de grupos LGBTIQ+, afrodescendientes, mujeres en cargos de poder, comunidades indígenas, entre otros grupos históricamente silenciados, expresando en sus discursos la crítica a que el tokenismo les ha tocado de manera directa y equitativa a todos/as.

En la superficie, pero no en lo profundo 

Una de las formas más comunes donde se evidencia este fenómeno social, es en campañas publicitarias y en la cultura masiva, como radio o televisión. Para el publicista y emprendedor Gustavo Arias Constanzo, estas representan un desafío, no solo desde lo simbólico, sino también desde lo comunicacional. 

Se debe considerar que en el proceso de creación publicitaria y de distribución de imágenes y/o mensajes por canales masivos, se pasa por etapas de creación donde un grupo reducido de personas, decide de qué forma representar a grupos o ideas.

“En el actual escenario la publicidad siempre deambula por el filo de la navaja. Es difícil asociar símbolos o conceptos que puedan ir en la línea de la comunicación de una compañía y que, a su vez, incluyan a todo tipo de audiencia. Además que no vaya a vulnerar la sensibilidad de aquellos que puedan verse desmejorados en diversas situaciones conceptuales”.

En Chile, el 42,8 % de personas con discapacidad está inserto en el mercado laboral. Fuente: II Estudio Nacional de la Discapacidad (Senadis, 2015). Créditos: Pexels.com.

Lo anterior, ha obligado a empresas a configurar sus comerciales, ampliando la gama de diversidades y cayendo en el tokenismo. Para la socióloga Adhara Fuentealba Quiñones es un tema cada vez más común en Chile y aún no tan estudiado.

“El problema es cuando tú vas a sus oficinas y solamente ves hombres o personas sin discapacidades. Un ejemplo es WOM, la cual ocupa personas disidentes, mujeres, adultos mayores. Pero, si nosotros fuéramos a sus oficinas ¿veríamos esa diversidad que muestran en sus propagandas? No hay ningún documento que corrobore esta información, no sabemos realmente lo que ellos hacen para incluir a otras personas de los grupos históricamente excluidos”, expresa la profesional.

Y es ahí donde reside el mayor problema. Estas representaciones en la cultura masiva crean un brecha aún mayor; hacen pensar a las audiencias que se está avanzando en temáticas sociales cuando en lo concreto no es así.

Murillo, por su parte, reflexiona en que el fenómeno tiene como base una estrategia de mercado que se sostiene y valida de generación en generación.

“Me gustaría llegar al punto en que esto termina siendo profundamente una estrategia de marketing (en el caso de grupos oprimidos) y de cumplimiento de la Ley de Inclusión Laboral (en cuanto a discapacidad física/mental), pero no traen a su alero una transformación profunda en la forma de pensar con respecto a grupos socialmente excluidos”.

¿Entonces no incluimos?

Es aquí donde el fenómeno y término ha recibido también muchas críticas. Entonces, ¿no se hace nada? ¿Hay que preguntar cada vez que se quiera incluir a la diversidad? ¿Cuáles son las pautas que se deben seguir? Estas son algunas de las preguntas que surgen durante el camino.

Marbella, Scarlet y Valeria son un grupo de mujeres afromexicanas que hace activismo a través de su podcast Afrochingonas, hablando sobre  temáticas de justicia social. Hace dos años, fueron invitadas a la famosa revista Vogue para ser entrevistadas. Este episodio, recuerdan, las marcó, pero no fue el único.

“Llevamos tres años apareciendo en todos lados y hablando sobre la discriminación que sufren las mujeres negras. Desde ese entonces, muchas organizaciones, empresas y medios de comunicación se nos han acercado”, expresa la psicóloga Valeria Angola.

Cuando decidieron colaborar con Vogue, se vieron enfrentadas a lo que temían: una empresa que las llamó sin considerar elementos y tratos básicos de inclusión en su convocatoria. 

Un 20% de la población mundial es afrodescendiente. Fuente: Cepal.org l Créditos: pexels.com.

“Me sentí muy utilizada. Esta es una táctica planeada para mantener el status quo. Es parte del racismo. Pareciera que funciona, pero su función es que no funcione. El tokenismo nos usa como ‘figuras, para demostrar un objetivo empresarial”, cuestiona Scarlett.

En aquella ocasión les hicieron un par de fotos y una entrevista, según comenta Marbella, queriendo representar a los cuerpos y etnias diversas, para evidenciar unas imágenes reales del mundo.

Pero fue todo lo contrario. Se encontraron con ropas en tallas pequeñas y un sobre maquillaje excesivo en la producción, situación que fue interpretada por Afrochingonas, como una acción que buscaba “ocultar o bajar” la negritud.

“Esta onda del tokenismo no se hace con el afán de cambiar algo en profundidad o estructural, sino para evitar juicios”, enfatiza la activista.

Entonces, ¿cuáles serían las formas de implementar una inclusión genuina, real y sin motivaciones de marketing detrás? Para Murillo, hay una serie de consideraciones que se deberían tener en cuenta.

“No creo que exista alguna fórmula mágica, sino que es una transición generacional que debe ser conducida a través de la aceptación y la inclusión como concepto amplio y no solamente como el cumplir una ley o promover una imagen de marca “abierta”. 

Para ello, según comenta el profesional, el desafío no está en el hoy, sino en las generaciones que se están educando para guiar organizaciones y hacer comunidad laboral en el mañana.

“Desde ahí, se deben reforzar políticas como la educación sexual integral y todo tipo de proyectos. Estos programas a futuro nos aseguran que esa persona no va a funcionar sobre juicios de valor y sí va a funcionar a través de lo que nos convoca en un espacio laboral, que es el conocimiento técnico y la capacidad de trabajar en equipo para lograr objetivos”, concluye.

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