Silvia Améstica: una vida más allá del papel

Tía de las fotocopias

En la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Concepción, se logra apreciar frente a las oficinas de los docentes de Periodismo un pequeño lugar que fácilmente pasa desapercibido por los ojos de los demás. La oficina de fotocopias e impresiones es un punto de encuentro para los estudiantes universitarios y funcionarios que requieran de los servicios.

De lunes a viernes, Silvia Angélica Améstica Riveros, conocida entre los universitarios de la Facultad de Ciencias Sociales como la tía de las fotocopias, recibe con la mejor disposición a cada persona que se acerca a su pequeño puesto. Conversaciones, risas y un ambiente apacible es lo que se percibe al pasar por frente la oficina. Los saludos personalizados, su carisma y buena voluntad son su sello distintivo de atención.

Silvia no solo se enfoca en su trabajo de impresiones, también se preocupa por quienes la necesitan, especialmente los jóvenes que requieren palabras de aliento o consejos. Al interactuar con ella se puede notar una sensación de hogar y comodidad que entrega a todas las personas con las que convive diariamente, aunque sea por un par de minutos.

Con valores accesibles para el bolsillo de los estudiantes, Silvia ofrece una gran variedad de artículos, materiales y dulces que más de alguno salva durante el día en caso de emergencia o incluso para algo simple como sencillar para el pasaje de la micro.

Raíces en el sur

Silvia recuerda Angol con mucho cariño, ya que toda su familia materna vive en esa ciudad. Foto de Araucanía Viva.

Nacida y criada en la Región de La Araucanía, con el corazón siempre en Angol. Silvia es hija única en su pequeña familia. Por motivos laborales de su madre, sus abuelos se encargaron de educarla, «de niña, no pude estar cerca de mi mamá debido a su trabajo. No todos tenemos la misma suerte, pero los sacrificios valieron la pena. Uno valora a las personas que te criaron y formaron», señala.

A la corta edad de diez años se vio obligada a despedirse de sus abuelos y de su tierra natal para mudarse junto con su madre a Concepción, lugar en el que reside actualmente, «uno no pierde sus raíces, hasta el día de hoy viajo muy seguido a Angol. Voy para allá en cada oportunidad que tenga, ya que trato de estar con mis seres queridos y a pesar de vivir hace mucho tiempo acá, en realidad sigo siendo angolina», relata Silvia.

Primeros pasos en Concepción

La llegada a la gran ciudad le permitió conocer nuevas personas y terminar sus estudios. Améstica detalla: «La educación básica la terminé en el Colegio Bicentenario España, en ese entonces escuela y la enseñanza media en el Liceo Polivalente Experimental de Concepción». Como en este nuevo lugar estaban solo Silvia y su madre, era vital que todo estuviera cerca y a una distancia fácil de recorrer. Así su mamá podía trabajar con más tranquilidad.

En la adolescencia, Silvia destaca las amistades que forjó durante esta etapa: «Nunca fui de tantas amigas, tengo pocas pero buenas y las conservo hasta el día de hoy, además que prefiero calidad antes que cantidad». A pesar de ser una mujer hogareña, en su etapa de juventud aprovechó para salir y disfrutar, «como vivía en Collao, siempre compartimos en los alrededores y en ese entonces se hacían fiestas en la Universidad del Bío-Bío, así que íbamos para allá», relata Améstica.

Durante sus estudios, Silvia recuerda ser una alumna tranquila, que pasaba desapercibida. Sin embargo, había una asignatura en la que tenía dificultades, sin saber que en el futuro iba a ser su fuerte para el trabajo, «por el hecho de estar acá y manejar números todo el día me resulta más fácil. Con el tiempo me di cuenta que no es tan difícil como lo vi en su momento». Asimismo, destaca la importancia de mantener activa la mente y de poder tratar a cada estudiante que se presenta en su oficina por el nombre que le corresponde.

Entrando al mundo laboral

Silvia lleva 15 años prestando sus servicios a la Universidad de Concepción. Foto de autoría propia.

Después de terminar la educación media, ingresó al Instituto Profesional Diego Portales, donde estudió para ser secretaria ejecutiva en un curso de dos años. Tiempo después de haber salido, sus estudios le brindaron la oportunidad de independizarse.

Gracias a su dedicación, rápidamente tuvo la oportunidad de establecerse con un puesto de impresiones y diversos servicios en la Facultad de Historia de la Universidad de Concepción, lugar donde realizó su práctica profesional. Poco tiempo después, se le dio la posibilidad de abrir otro en la Biblioteca Central y finalmente en Ciencias Sociales, oficina que sigue hasta el día de hoy.

Con el tiempo, se vio obligada a cerrar su primera sede debido a que no era rentable mantenerla abierta. Además, con un cambio de administración en la Biblioteca Central, también tuvo que despedirse de ese puesto. Por lo que su mirada al respecto se terminó convirtiendo en una bastante curiosa, «siempre he pensado que esto puede desaparecer, estoy preparada para eso. Una no sabe quién llegará o si van a seguir requiriendo mis servicios, mi oficina es independiente a la universidad», relata Silvia.

El valor de la cortesía

Al preguntar por su experiencia en los otros puestos que solía tener, admitió que su paso por la Facultad de Historia fue breve pero bien vivido. Disfrutó volver al lugar donde había hecho su práctica con la calma de un ambiente conocido. Algo completamente diferente a sus vivencias en la Biblioteca Central, ya que, al ser un sitio más general, se reúnen todas las carreras de la universidad y el contacto con los alumnos no era el mismo. Silvia detalla: «El clima era totalmente distinto. La mayoría de los estudiantes no sabían pedir las cosas, no respetaban el orden de llegada y se enojaban rápidamente. Además, los horarios eran muy demandantes, trabajaba de lunes a sábado y algunos días salía a las nueve de la noche. Era bastante pesado».

Silvia destacó lo distintas que fueron sus experiencias pasadas con su situación actual: «Aquí estoy a gusto. Los niños son muy pacientes, si me ven ocupada vuelven más tarde y tengo la oportunidad de conocerlos un poco mejor. Puedo hablarles por el nombre a los que vienen con mayor frecuencia, ya que son casi siempre los mismos».

Amor y conexiones profundas

Silvia prefiere un trabajo tranquilo, que le otorgue paz y le permita estar siempre activa. Foto de autoría propia.

Los recuerdos de infancia en Angol no fueron lo único que Silvia guarda en su corazón. Con su esposo eran vecinos desde niños, pero por la diferencia de edad prefirieron tener una linda amistad que se vio interrumpida por la adultez. Cada uno tomó caminos diferentes y al momento de reencontrarse, se enamoraron profundamente. Actualmente vive en Concepción con su madre y pareja. Améstica menciona que nunca ha considerado vivir únicamente con su marido, quien además tiene una buena relación con su progenitora: “Yo siempre viví con ella, entonces para mí sería muy difícil si me pide que la deje. Llegaré con mi mamá hasta el final, incluso ellos se quieren tanto que no he tenido problemas».

Al poseer una relación cercana y constante con su familia a pesar de la distancia, Silvia, al enterarse de la enfermedad de su abuela, no dudó en devolverle la mano, por lo que al momento de despedirse estuvo tranquila. Acompañó a la mujer que la crio hasta el último día de su vida, demostrando todo el cariño que le tenía.

Hace poco se encontró nuevamente en una situación similar. Su tía, con quien tiene una conexión única y especial, fue diagnosticada con cáncer. Pese a que se encuentra en recuperación, aún necesita cuidados, «el otro día bañándola me dijo que no tenía por qué hacerlo, que la dejara y yo le comenté que, si no quisiera, no lo haría, que nadie me obligaba, que yo lo hacía porque la quería», comenta Améstica.

Silvia tuvo una crianza llena de conexiones familiares profundas y, al tener la oportunidad, les devolvió la mano a todas aquellas personas que estuvieron para ella a lo largo de su vida. A pesar de la distancia, el cariño nunca se perdió.

En su pequeño puesto…

El puesto de Silvia cuenta con varias máquinas para imprimir y realizar fotocopias para los estudiantes del lugar. Foto de autoría propia.

«Tía, ¿tiene sal?», «¿podría cambiarme las monedas para el pasaje?», «necesito imprimir esto, por favor», son algunas de las tantas preguntas y comentarios que recibe Silvia todos los días y no se cansa de escuchar. Ayudar a los demás siempre es bienvenido para ella.

Silvia Améstica es una mujer reservada, tal vez de pocas palabras. Aun así, siempre está en su pequeña oficina con una sonrisa, esperando ayudar y alegrar a cada persona que cruce por los pasillos de la Facultad de Ciencias Sociales.

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