Subversiones en la sociedad de la inmediatez

Optar por un desarrollo sustentable basado en un consumo responsable que escape a las lógicas de sobreproducción y consumismo, invita a dirigir nuestra mirada al trabajo generado desde los territorios y sus habitantes. Los oficios realizados por artesanos y creadores constituyen disciplinas al servicio de la comunidad con un enfoque local, en constante aprendizaje y vividos en la cotidianeidad. 

por Tamara Jara Carrasco y Rogel Fierro Nickel

Como sociedad, el desarrollo se asume como el estándar de éxito a alcanzar. Esto se debe a la discursividad que generó el escenario internacional del siglo XX, caracterizado por el atraso económico producto del período entre guerras, que introdujo conceptos como subdesarrollo y desarrollo, junto a la dominación cultural de ciertos países sobre otros.  

Independiente de la noción de exitismo ligada al capitalismo y lo que se espera de un trabajo tradicional, desde los territorios se han mantenido diversas prácticas y saberes hasta el día de hoy que escapan de dichas dinámicas. Estos se pueden reconocer como oficios. 

Al respecto, la antropóloga Fernanda Corrales comenta que “hay una idea generalizada del trabajo en el sentido que se entiende como una actividad que tiene una recompensa monetaria o forma de pago. También hay otras concepciones del trabajo que no necesariamente son remuneradas o no están consideradas como trabajo por el sistema”.

Para el sociólogo Sebastián Fuentealba “el trabajo puede ser concebido de otra forma. Según condiciones históricas, culturales y materiales, la relación de las personas con el trabajo se va reconfigurando”, menciona.

De modo que, los oficios emergen como subjetividades alternas al modelo dominante de desarrollo, posicionándose por un lado entre el rescate de un conocimiento y/o práctica vinculada a los territorios, y por el otro, en tensión con las exigencias de un modelo económico basado en la conversión del trabajo en capital.

La reutilización y reparación de vestuario se presenta como alternativa a la moda rápida, una de las actividades industriales que más contaminación mundial genera. Foto por: Rogel Fierro.

Resistencias locales

Al comprender que existen distintas perspectivas al concebir el trabajo desde las comunidades, es posible observar que en la cotidianeidad las y los artesanos y emprendedores vivencian el trabajar más allá de la producción y el consumo, resistiendo la homogeneización y estandarización resultante de los procesos productivos modernos.

En ese sentido, la modista Paulina Canales, con una experiencia de quince años en el oficio de costurera, explica que “para mí el trabajo es valorarse como persona, lo que una hace además es un servicio a la comunidad, pero la verdad es que este oficio se ha ido perdiendo. Rescatamos varias cosas, entre ellas materias primas, nos las ingeniamos para arreglar las cosas. No es tan fácil como la gente dice”.

Tras la confección de una prenda, la creación de un producto desde cero, la reparación de un objeto o la reutilización de materiales existe un extenso proceso que lleva a cabo aquel que crea y construye con sus manos. Por ello, Paulina afirma que “yo encuentro que el hecho de dedicarse a esto es reivindicar a la costurera del barrio, ya que antes la gente miraba de reojo o no valoraba su trabajo. Aunque hay gente que le ha costado entenderlo y pagarlo”.

Dicho valor por los oficios lo comparte Carmen Gloria Coñuepan, zapatera hace 26 años, aprendiz autodidacta y por interés propio comenta que “empecé a trabajar acá como secretaria, me interesó ir ayudando a hacer los trabajos, aprendí a coser y aprendí a teñir”.

De manera que, un oficio siempre es algo aprendido, ya sea a través de la transmisión de conocimientos y saberes familiares o por la experiencia de tutores, se diferencia de las profesiones modernas al ser un trabajo no profesionalizado. Al respecto, Paulina comenta que “este oficio lo aprendí de rebote. Trabajé en una fábrica de zapatos donde no nos dejaban sentarnos en las máquinas y yo trabajaba solo de forma manual pero siempre quise aprender a usarlas. Después trabajé en un taller de costuras y ahí fui puliendo un poco más”.

Muy similar fue el caso de Carmen, quien explica que “a mí me enseñó el primer dueño, Juan. Yo llegué a ayudarle a atender y después como necesitaba más gente que lo ayudara a coser o a teñir decidí aprender. A mí me gusta el teñido, hago mezcla de colores, conozco los cueros, porque de primera uno no conoce nada, no sabía diferenciar el cuero sintético del real, entre otras cosas”.

En Chile entre un 70 y 90 % de la ropa que se vende es importada. Foto por: Rogel Fierro.

Hacia un consumo consciente

La característica que define a los consumidores responsables es la conciencia activa del impacto social, animal o medioambiental que pueden tener sus decisiones. Así, optan por un estilo de vida que implica otra forma de entender la compra y el gasto; manifestándose en pautas de comportamiento acorde a sus valores.

Sobre ello, la antropóloga Fernanda Corrales, manifiesta que “una persona puede llegar a preferir algo producido en masa a uno manufacturado debido a que nos encontramos en una sociedad de la inmediatez. El ritmo de vida exige que todo sea instantáneo, lo que lleva a lo desechable. Esta lógica está cambiando ya que ahora se integra la visión de que el consumo debe ser sostenible en el tiempo. Yo creo que por ello mucha gente ha ido cambiando sus dinámicas de consumo”.

Los resultados de un estudio realizado por la Universidad de Chile indican que existe en el país una creciente tendencia hacia el consumo responsable debido a que el consumidor tiene más presente el impacto negativo de su compra. Según indica el documento, un poco más del 29 % de la muestra, pertenecería a consumidores responsables.

Las personas han refinado la comprensión del efecto que pueden generar sus hábitos y poder de compra en el desarrollo responsable y sostenible de la sociedad y la economía. Por ejemplo, pueden castigar a empresas que tienen comportamientos poco éticos o inadecuados con el medio ambiente, cobros abusivos o contratos que incumplan derechos laborales, prefiriendo a otras que sí tengan considerados estos aspectos.

Lo anterior puede llegar a traducirse en una revalorización de los oficios y la producción a baja escala con una menor huella ecológica, sobre todo aquellos que impulsan la reutilización. En este aspecto, Carmen a través de la reparación de calzado combate el carácter desechable que toman los objetos hoy en día, ya que “en vez de que boten sus cosas, las mandan a arreglar y los mantienen por más tiempo”, alude.

A lo anterior, se suma Paulina, al mencionar que “los adolescentes más que los adultos buscan reutilizar aquello que está en desuso, porque el adulto va y se compra una prenda nueva. Las generaciones jóvenes buscan cuidar el planeta tratando de ocupar lo que tienen o comprando ropa de segunda mano”.

Desde su rol de modista, Paulina plantea uno de los aspectos que destacan al momento de optar por una prenda singular y única: “El valor que encuentro es que muchas personas llegan con ropas antiguas buscando rescatarlas por su relevancia histórica o su importancia sentimental. Eso es mucho más valioso que comprar algo de marca en las grandes tiendas”, detalla.

Aunque no todo oficio incentiva la permanencia en el tiempo del producto, así lo cuenta Paloma Pérez, artesana en bisutería: “Mis productos, en general, son desechables y estacionarios la gran mayoría de las veces. Por otra parte, todos los insumos vienen en bolsitas de celofán, si no me equivoco este no se puede reciclar por lo que he intentado hacer ecoladrillos con ellos”, comenta.

Según el SERNAC, en Chile el consumidor ético responsable está centrado en sectores con ingresos medios y altos. Foto por: Rogel Fierro.

Redefinir el desarrollo

Si bien, para el sociólogo Sebastián Fuentealba “muchas veces es incompatible con esta época de la inmediatez destinar tiempo para el aprendizaje si lo pensamos como el desarrollo artesanal de habilidades o capacidades, el valor del oficio sería la posibilidad de otros mundos, una resistencia a las lógicas neoliberales y las constantes actualizaciones. Los oficios pueden rescatar la lógica de aprender dentro del mismo puesto de trabajo”, afirma.

Ya que es “la matriz neoliberal que abarca cultura, economía, sociedad, política y hasta educación, la que establece imaginarios asociados a desarrollarse como capital humano. Entrar a un sistema educativo colegiado con calificaciones permanentes, deja muchas veces de lado el valor del oficio”, comenta Sebastián.

Al respecto, Fernanda Corrales complementa que “el modelo educacional chileno limita bastante la visión que se tiene del trabajo y alimenta la idea de que la opción universitaria es la mejor opción. Los oficios no son valorados de igual manera que una carrera profesional a pesar de que cumplen roles muy importantes dentro de la sociedad”.

La desvalorización de los oficios involucra una pérdida de un saber tradicional, de la cultura en torno a dicha labor y las formas de vida que conlleva, la identidad y la forma de entender la realidad en base a este.

Replantear la noción de desarrollo desde el ámbito del trabajo, involucra rescatar las construcciones sociales ajenas a las del modelo actual. En ese sentido, para Fernanda los oficios “más que una forma de resistencia, son una forma de sobrevivencia en un mundo donde se hace mucho énfasis en las profesiones. En esta idea de desarrollo que se quiere lograr, se dejan de lado las labores no profesionales siendo que para alcanzar esto debería buscarse la forma de convivencia por igual”, expresa.

Los imaginarios sociales de los conceptos de desarrollo y trabajo se han visto influenciados por los paradigmas hegemónicos reproducidos históricamente, que por lo general se basan en la producción industrial, las condiciones de trabajo en la empresa y las nuevas tendencias globales, pero el desarrollo debe entenderse como un proceso multidimensional e interdisciplinario debido a que todas las labores humanas cumplen un rol en el correcto funcionamiento del engranaje social y por lo tanto, en la cadena productiva.

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